Publicado el 2 de julio de 2026 - Divulgación sobre buenas prácticas en la industria farmacéutica
En una planta farmacéutica es normal oír “hay que validar el equipo” o “ya calificamos el proceso”, como si calificación y validación fueran la misma palabra con distinto acento. No lo son. Y confundirlas cuesta: se termina documentando de más donde no hacía falta, y de menos justo donde sí importa. Conviene separarlas bien de una vez.
La regla corta que ayuda a no perderse es esta: las cosas se califican, lo que haces con ellas se valida. Un equipo, un área, un instrumento, un sistema informático: eso se califica. Un proceso de fabricación, un método de limpieza, una forma de trabajar: eso se valida.
Calificar es dejar demostrado que algo está bien instalado, que opera como debe y que hace lo que se espera de él. Validar es demostrar que una forma de trabajar, repetida una y otra vez, entrega siempre un resultado dentro de lo esperado. Uno mira el “aparato”; el otro mira el “cómo”. Por eso, por ejemplo, un sistema en computadora se califica, pero lo que ese sistema calcula o controla es lo que se valida —de eso hablamos aparte en validación de hojas de cálculo.
Aquí está el punto que a varios se les escapa: no puedes validar un proceso encima de un equipo que no calificaste antes. Sería como afinar la receta de un pastel en un horno que no sabes si calienta parejo. Primero queda claro que el equipo es confiable —calificación—; luego se demuestra que el proceso que corre sobre él da resultados confiables —validación—. Saltarse ese orden es de esas cosas que no duelen hasta que llega una auditoría.
Dos detalles que en la práctica salen caros. El primero: calificar y validar no es un evento que pasa una vez y se archiva. Cambió un equipo, se movió una línea, se ajustó un proceso —toca preguntarse si lo que quedó demostrado sigue en pie. El segundo: casi todo esto se apoya en documentación, y no como trámite molesto. Si no puedes mostrar cómo calificaste ese equipo o cómo validaste ese proceso, en los hechos es como si no lo hubieras hecho. Ahí es donde un buen manual de calidad deja de ser papel guardado y se vuelve la base que sostiene todo.
Digamos que llega un tanque de mezclado nuevo a la planta. Antes de ponerlo a producir se califica: se revisa que quedó bien instalado —conexiones, servicios, que sí es el modelo que se pidió—, que enciende y opera como debe (que mezcla, calienta y se detiene cuando toca) y que sostiene ese desempeño. Hasta ahí hablamos del aparato: el tanque es confiable.
Luego viene lo otro. Sobre ese mismo tanque ya calificado se va a fabricar un producto con su receta, sus tiempos y sus parámetros. Demostrar que esa forma de fabricar, corrida una y otra vez, entrega siempre un lote dentro de lo esperado —eso es validar el proceso. Mismo tanque, dos preguntas distintas: “¿el equipo sirve?”, que es la calificación, y “¿así como lo hacemos, sale bien siempre?”, que es la validación.
Calificación y validación no compiten, se complementan. Una responde “¿este equipo o sistema es confiable?”; la otra, “¿este proceso da siempre el resultado que debe?”. Tener claro cuál toca en cada caso —y en qué orden— es de esas cosas que ordenan una planta y le ahorran sustos a más de uno. En AP Resolve acompañamos justo ese trabajo. Si estás en el sector, platiquemos.
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