Publicado el 11 junio 2026 - Fuente: NOM-059-SSA1-2015
En una planta farmacéutica no todas las hojas de cálculo pesan igual. Hay unas que solo sirven para anotar y otras que, sin que nos demos cuenta, terminan tomando decisiones por nosotros. Y ahí está el detalle: lo que define si una hoja de cálculo conviene validarla no es nada más para qué la usamos, sino qué tan complicada es por dentro y cuánto puede mover la integridad de los datos.
Cuando una hoja trae fórmulas que se disparan solas, configuraciones avanzadas o cálculos estadísticos, deja de ser un simple formato. Pasa a influir en resultados que tocan la calidad del producto, y eso pide revisarla con calma dentro del Sistema de Gestión de Calidad.
La complejidad va de la mano con la cantidad y el tipo de funciones que le metiste. En el día a día farmacéutico es común verlas en calibración, en el laboratorio de control de calidad y en estudios analíticos, cargando cosas como:
Con ese tipo de armado, la hoja deja de ser un formato de captura y se vuelve una pieza activa del proceso. El problema es que un error en el diseño o en la configuración puede soltar un resultado incorrecto sin que la persona lo note en el momento.
En control de calidad y en calibración, estas hojas suelen usarse para tratar datos analíticos. Lo que sale de ahí puede pesar en la liberación de producto, en una investigación de desviaciones o en una evaluación de cumplimiento.
Si la hoja procesa esos datos con cálculos automáticos, que funcione bien deja de ser un lujo. Cuando no hay validación de por medio, la confiabilidad de los resultados queda en duda y se abre la puerta a riesgos regulatorios que nadie quiere.
En la industria farmacéutica la integridad de los datos es de esos principios que sostienen todo lo demás. Los datos tienen que ser confiables, completos y consistentes a lo largo de toda su vida. Una hoja de cálculo compleja se vuelve un foco rojo cuando no hay nada documentado que demuestre que hace lo que debe hacer.
Errores en las fórmulas, cambios que nadie controló o falta de trazabilidad le pegan directo a esa integridad. De ahí que validar las hojas más complejas sirva tanto: ayuda a confiar en que los resultados son correctos y que se pueden repetir.
La cuenta es sencilla: mientras más compleja la hoja, más riesgo carga. Y ese riesgo conviene evaluarlo en forma dentro del Sistema de Gestión de Calidad, pensando en cómo podría afectar la calidad del producto y el cumplimiento.
Validar permite mostrar que las fórmulas están bien armadas, que los cálculos salen parejos cada vez y que los cambios en la hoja están bajo control. Con eso se cuida la integridad de los datos y bajan las probabilidades de que se cuele un error sin que nadie lo vea.
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La complejidad es, al final, lo que marca si una hoja de cálculo pide validación. Las que mueven datos críticos con cálculos automáticos bien valen tratarse como lo que son: piezas que impactan la calidad del producto. Validarlas es la forma de cuidar la integridad de los datos y de quedar tranquilos frente a lo que pide la regulación.
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